(Tu cabello sigue siendo mi estación preferida
la más grave adicción a la que vuelvo sin culpas
la única residencia alterna del aroma de mis sueños...)
Otra vez, para Mr Kite
Anduve por las calles sin rumbo durante más de una hora, perdida entre las canciones al oído que hasta ahora han representando mi historia. Llegué sin darme cuenta al lugar que cada canción sugería, parecía que el orden de las canciones se confabulaba con el ritmo que suponen las calles y los lugares.
Crucé media ciudad con el frio en las mejillas, hasta llegar a aquel parque en el que sin pensarlo busqué la tercera banca frente a la canchita donde unos niños jugaban y me senté.
Alguien había pasado a mi lado dando un discurso del clima de los últimos días, podía oír sus pasos alejándose, las risas y la música flotando a pesar de mi notable ensimismamiento.
Recordé mis días junto a Darío. Sus palabras aun estaban guardadas en aquel lugar al igual que el eco de aquello que cantaba para mí.
La lluvia me sorprendió mirando el cielo, hubiera echado a correr para guarecerme del aguacero que se avecinaba, pero los recuerdos de tiempos mejores empezaban a hacer su efecto. Me temblaban las manos y las ideas.
No sé si era lluvia o un par de lágrimas que se confundían al caer, me ha movido en lo más profundo un recuerdo, impregnado de sueños a futuro, canciones perdidas, de tardes consumiéndose, de las nubes pasando lentamente.
Junté las manos para darme calor, o para pedir que apareciera por ahí, con ese andar que imito muy bien, o con ese movimiento en sus manos expresión de su nerviosismo. Pero no fue así.
Darío y yo estamos muy lejos de algo así, lejos de Vera, Chuk y Dave.
Darío y yo no coincidimos ni en tiempo ni en espacio… y solo hace eco “Marianita bonita color de café” que cantaba para mí.
Son las 4 de la mañana, me despierto pensando en tomar una taza de café cargado, con 2 cucharadas de azúcar y un toque de canela. Enciendo la lámpara sobre la mesa; quizá con ella pueda revertir los efectos de las últimas 5 horas y en cuestión de claridades ayudarme a escribir unas cuantas líneas para presumirle al día.
Pero no: la lámpara no augura buenos resultados, sus suaves lazos me resultan lastimosos.
Me levanto de la cama y doy unos cuantos pasos en la habitación, tratando de alejar ese pensamiento terrible del reflejo aturdido que pretendo ser por las mañanas.
Mi mirada desciende lenta, hastiada; recorre cada rincón, te busca… te busca.
Hay partes de ti regados por aquí. No te veo, pero estas. Es una trampa. No tengo dudas.
Ya no hay tantos nervios, ni tanto frío… el tiempo ya no importa, ni sus nombres, ni el lugar al que pertenecemos.
Nos topamos en el mismo lugar de siempre, ahora creo que sí nos extrañamos.
Creo que a pesar de sabernos ajenos, decidimos por un instante volvernos transparentes…
Qué bonita sonrisa tiene usted, qué bonito mira de reojo al caminar… qué bonito compartir todo eso, con nuevos rostros, con nuevas calles, con nuevos anhelos, aunque sea por un instante.
363 días después y ahí seguimos los dos, mirándonos, en silencio, sonriendo al saber el pensar del otro. ¿Qué más podemos hacer? Perdernos entre la multitud, bailar, coquetearnos sin saber por qué… beber un poco de vino y disfrutar del amanecer.
No hay mucho que hacer ni mucho que pensar y mucho menos que hablar… todo, como hace tanto tiempo, carece de sentido. Sin embargo, el exceso sigue impregnado en tu cabello y la contradicción entre mis manos…aún así hoy, con esa luna, esa sonrisa, y ese balcón, un beso no fue suficiente.
Así que decidimos solo por hoy imaginarnos ese juego inconcluso que dejamos ayer, por un momento, por un instante… ¿qué hubiese pasado?