Ven, siéntate un momento.


(Tu cabello sigue siendo mi estación preferida
la más grave adicción a la que vuelvo sin culpas
la única residencia alterna del aroma de mis sueños...)
E.J.


Here, there... everywhere

Han pasado varios días y con ellos las lluvias que han intentado lavar mis ilusiones manchadas con café.

Si tuvieras la mala fortuna de encontrarme caminando, estoy segura que apenas podrías reconocerme, me he ido consumiendo al igual que se han consumido una gran cantidad de cigarrillos que me han servido para sobrellevar tu ausencia...

Ya no me queda nada más que pueda matar, la esperanza ha decidido morirse, así, sin más, se ahogó en tu saliva, entre tantas palabras de aliento y de frágiles gritos al viento.

La angustia volvió, como suele volver cada diciembre con sus adornos, sus risas, sus regalos y su paz, que ahora me parece tan ajena. Mi cuerpo ha recaído en los viejos vicios y miedos que por un instante pensé superados, las incansables sirenas vuelven a estremecer mi cuerpo y a obligarme a salir corriendo y buscar esconderme bajo la mesa, tratando de encontrar un refugio, como esos que solía construir cuando era pequeña.

Ya no puedo visitar ese pequeño rincón en el mundo que me hacía inmensamente feliz sin que en cada espacio, resalten pedazos de tu voz, tu mirada, de tus besos y tu sonrisa. Estoy tan monocrómatica que ahora me ha dado por cambiar la canción cuando algún beatle se asoma a saludar.

Qué mala fortuna preferir aguantar la respiración para darte aire suficiente, qué mala fortuna esforzarme a tomar decisiones que están más allá de mi alcance y mis competencias... qué mala fortuna que no hayas escuchado que soñaba con un reciclaje de nuestras últimas palabras.

Tu ausencia me hace sentir tan pretérita, que estos años ya solo significan nada.

El otro cometa

Después de algunos días de parecer en otra dimensión, ella se despertó de golpe. Sus ojos desorbitados rompieron en llanto, sus gritos quedos rasgaron hasta el último de sus reclamos. Se botó en el piso... lloró y lloró...
El árbol a su lado marcaba el tiempo con su sombra, pasaba tan rápidamente que las hormigas buscaban desesperadas refugio entre las hojas caídas y el agua que caía de la fuga en la casa de a lado.
Su recuerdo iba y venía, ella lo sujetaba con firmeza, esmero y pasión... se aferraba, desgastándolo... matándolo lentamente.
3, 4... 5 segundos después su llanto y sus sollozos la hicieron ceder... se enjugó las lágrimas, soltó su recuerdo y lo vio partir por el cielo, como otro cometa abandonado por un niño. Al tiempo que se alejaba, una sonrisa iba apareciendo en su rostro y mientras más lejano lo veía, más grande sonreía.
Era libre... no él, !ella!, él se perdería por el cielo, entre nubes y tormentas, viajaría a la deriva.
Y ella, liberada de todo mal, sin pesos en la espalda que cargar, se quedaría aquí, con sus modos, sus reglas y su ser, enfrentando a cada segundo lo vivido y lo que está por vivir...
Ella está aquí, en pedazos... pero aquí.

Marianita bonita color de café...

Otra vez, para Mr Kite


Anduve por las calles sin rumbo durante más de una hora, perdida entre las canciones al oído que hasta ahora han representando mi historia. Llegué sin darme cuenta al lugar que cada canción sugería, parecía que el orden de las canciones se confabulaba con el ritmo que suponen las calles y los lugares.

Crucé media ciudad con el frio en las mejillas, hasta llegar a aquel parque en el que sin pensarlo busqué la tercera banca frente a la canchita donde unos niños jugaban y me senté.

Alguien había pasado a mi lado dando un discurso del clima de los últimos días, podía oír sus pasos alejándose, las risas y la música flotando a pesar de mi notable ensimismamiento.

Recordé mis días junto a Darío. Sus palabras aun estaban guardadas en aquel lugar al igual que el eco de aquello que cantaba para mí.

La lluvia me sorprendió mirando el cielo, hubiera echado a correr para guarecerme del aguacero que se avecinaba, pero los recuerdos de tiempos mejores empezaban a hacer su efecto. Me temblaban las manos y las ideas.

No sé si era lluvia o un par de lágrimas que se confundían al caer, me ha movido en lo más profundo un recuerdo, impregnado de sueños a futuro, canciones perdidas, de tardes consumiéndose, de las nubes pasando lentamente.

Junté las manos para darme calor, o para pedir que apareciera por ahí, con ese andar que imito muy bien, o con ese movimiento en sus manos expresión de su nerviosismo. Pero no fue así.

Darío y yo estamos muy lejos de algo así, lejos de Vera, Chuk y Dave.

Darío y yo no coincidimos ni en tiempo ni en espacio… y solo hace eco “Marianita bonita color de café” que cantaba para mí.

Él

En vez de enfrentarme a él, intenté ayudarlo. Me gustaría ser optimista y pensar que él estaba dispuesto a volver a fingir que éramos diferentes. Pero no fue así, llevaba tres horas con la libreta entre las piernas.
Repasaba una a una las letras ahí contenidas, hasta que su aliento impregnado de alcohol soltó el rompecabezas de su curiosidad: estamos tan ocupados queriendo ser, que nos perdemos en suaves delirios de un espejo plagado de raíces y rostros desnudos.
Lo descubrí rasgando las paredes del silencio. Fue como si todas sus conquistas, su alegría por su nuevo amor, su satisfacción cuando jugaba con su perro, y sus anhelos decembrinos, pasaran a segundo plano.
Intenté acercarme, dicen que un abrazo en momentos así puede funcionar... pero no fue así, una mirada llena de odio o saber qué cosa me advirtió alejarme.
"!Te amo!", le grité casi sin voz "¿Tu ya no?" Y con lágrimas en los ojos susurró: Sí, te amo, pero como amo de nada te valdría…

De la trampa...

Son las 4 de la mañana, me despierto pensando en tomar una taza de café cargado, con 2 cucharadas de azúcar y un toque de canela. Enciendo la lámpara sobre la mesa; quizá con ella pueda revertir los efectos de las últimas 5 horas y en cuestión de claridades ayudarme a escribir unas cuantas líneas para presumirle al día.

Pero no: la lámpara no augura buenos resultados, sus suaves lazos me resultan lastimosos.

Me levanto de la cama y doy unos cuantos pasos en la habitación, tratando de alejar ese pensamiento terrible del reflejo aturdido que pretendo ser por las mañanas.

Mi mirada desciende lenta, hastiada; recorre cada rincón, te busca… te busca.

Hay partes de ti regados por aquí. No te veo, pero estas. Es una trampa. No tengo dudas.

363 días pasaron después de aquella noche sin lunes próximo…

Ya no hay tantos nervios, ni tanto frío… el tiempo ya no importa, ni sus nombres, ni el lugar al que pertenecemos.

Nos topamos en el mismo lugar de siempre, ahora creo que sí nos extrañamos.

Creo que a pesar de sabernos ajenos, decidimos por un instante volvernos transparentes…

Qué bonita sonrisa tiene usted, qué bonito mira de reojo al caminar… qué bonito compartir todo eso, con nuevos rostros, con nuevas calles, con nuevos anhelos, aunque sea por un instante.

363 días después y ahí seguimos los dos, mirándonos, en silencio, sonriendo al saber el pensar del otro. ¿Qué más podemos hacer? Perdernos entre la multitud, bailar, coquetearnos sin saber por qué… beber un poco de vino y disfrutar del amanecer.

No hay mucho que hacer ni mucho que pensar y mucho menos que hablar… todo, como hace tanto tiempo, carece de sentido. Sin embargo, el exceso sigue impregnado en tu cabello y la contradicción entre mis manos…aún así hoy, con esa luna, esa sonrisa, y ese balcón, un beso no fue suficiente.

Así que decidimos solo por hoy imaginarnos ese juego inconcluso que dejamos ayer, por un momento, por un instante… ¿qué hubiese pasado?